Por especial
deferência da Profª Alicia Canto, transmito as reflexões de um docente, no
momento em que vai jubilar-se, que merecerão porventura alguma atenção. Pode
aceder-se a elas em http://www.diariodesevilla.es/article/opinion/2326611/oficio/ensenar.html;
contudo, aqui as reproduzo, com a devida vénia. – J. d’E.
LA TRIBUNA
Del
oficio de enseñar
JOSÉ MARÍA AGÜERA LORENTE | ACTUALIZADO 11.07.2016 -
01:00

EL veterano profesor soltó la tiza. Había sido su última
clase y había querido hacerla usando la tradicional pizarra. En los últimos
años fue arrastrado por la marea tecnológica, pero siempre se resistió a
renunciar a la primacía de la palabra. En su fuero interno conservaba la fe en
ella, en su capacidad para transformar al ser humano, para hacerlo humano. Si
al menos la memoria se mantuviera recia… Fundamental en su oficio, ahora
que lo piensa. Lo que ha hecho prosperar a esta especie nuestra ha sido sin
duda su capacidad de generación de ideas, pero también su poder de comunicarlas
y conservarlas mediante la escritura. La memoria es ingrediente esencial del
sentido, y el ser humano es el animal en busca siempre de sentido.
Echando la vista atrás tiene sus dudas de si ha
sido un buen profesor. Pero cree que esto lo puede decir con certeza: no basta
la palabra ni el conocimiento para que a uno le presten atención. Y sin lograr
la atención del discípulo enseñar se hace imposible. Él ha conocido profesores
carismáticos, seductores, inspiradores, con talento. Pero sin el aprendizaje
del oficio…
Enseñar es un oficio. Como todo oficio, requiere
su tiempo aprenderlo, cosa que a menudo se olvida en un mundo como el actual,
en el que parece que todo se contagia de premura. Un oficio que nunca se
termina de aprender porque se ejerce sobre el más complejo de los objetos, el
mismísimo ser humano, enfrentado a diario a su insondable misterio, a las
incógnitas que presenta la identidad de cada individuo. Lo aprende el profesor
expuesto ante sus discípulos en la soledad del aula, un espacio entre cuatro
paredes donde no cabe hueco en el que refugiarse, denso espacio cargado de todo
aquello con lo que la comunidad social impregna los maleables espíritus de los
jóvenes de los que siempre puede surgir una pregunta desconcertante o el
desafío insolente a la autoridad del maestro. Una clase es un acto de
comunicación que cuando va bien se convierte en comunión cultural, frágil
latido del corazón de la civilización, que es su conocimiento. Empatía,
equidad, respeto no pueden quedar nunca al margen. Lo contrario a todo esto nos
arroja en brazos de la barbarie. He aquí el gran triunfo del profesor, el que
sin alarde alcanza, casi sin ser él mismo consciente ni apreciarlo en lo que
vale, con cada clase que imparte: mantener a raya la barbarie.
Desde el inicio del presente siglo se ha
multiplicado el número de circulares, decretos, normativas y protocolos que
atosigan al profesorado y lo reducen a la condición de menor de edad incapaz
por sí mismo y desde su pericia profesional de desenvolverse competentemente
ante los problemas propios del desempeño de su tarea; permanentemente
menesteroso de tutela, por tanto. Se trata así de sustituir su juicio
experimentado por las directrices provenientes de instancias ajenas al oficio,
en cuya práctica, por otro lado, ha de darse la libertad necesaria para que
quien lo ejerce no sea presa de la alienación. Diríase que ahora todos saben
cómo enseñar (o educar) -progenitores, gurús de la innovación pedagógica,
políticos…- salvo los docentes, percibidos socialmente como un
anquilosado cuerpo institucional, anacrónico y aburrido, incapaz de ejercer su
labor con probidad y eficiencia. Al profesor que sabe su oficio nadie de los
que dictan la política educativa le presta atención. Pocos parecen apreciar su
conocimiento, única fuente legítima de su autoridad. En ocasiones, hasta llega
a ser sospechoso de pervertir a los jóvenes con ideas que pueden desafiar
aquellas creencias cultivadas con celo en el sacrosanto seno familiar, donde se
procura retener la exclusividad del poder moral sobre la prole. ¡Pero si este
es el gran aporte de la escuela: mantener viva el ágora donde cada cual acude
en su condición de miembro de una comunidad que está por encima de sectarismos
implantados ya sea por la familia, por la nación, por la fe o por cualquier
otra instancia abastecedora de prejuicios! El profesor ha de procurar para sus
discípulos la dignidad que al ser humano le confieren el conocimiento y la
reflexión.
El
veterano profesor pone fin a sus cavilaciones. Al fin, dice adiós a sus
compañeros. Recoge algunas cosas y deja otras. Cuando sale por la puerta del
instituto, lee por enésima vez la pintada que en el muro exterior se mantiene
extrañamente intacta curso tras curso: "Sistema de enseñanza, enseñanza
del sistema". El profesor recién jubilado ya no
enseñará más.