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[Archport] De nuevo, sobre las momias egipcias

To :   "archport" <archport@ci.uc.pt>
Subject :   [Archport] De nuevo, sobre las momias egipcias
From :   José d'Encarnação <jde@fl.uc.pt>
Date :   Sat, 13 Mar 2010 22:01:24 -0000

    Com a devida vénia. - J. d'E.
 
----- Original Message -----
Sent: Thursday, March 11, 2010 7:28 PM
Subject: De nuevo, sobre las momias egipcias (Notiweb)

Momias al desnudo

Las últimas noticias sobre Tutankamón han vuelto a revolucionar la arqueología. José Miguel Parra, referente español en las excavaciones egipcias, revela en un libro los misterios más apasionantes de las momias. Desde el huidizo pene del joven faraón hasta por qué Ramsés II movió el brazo izquierdo.

FUENTE | El País Digital 08/03/2010

Si después de las recientes revelaciones sobre Tutankamón y su compleja familia, a uno le han entrado ganas de saber más de momias, éste es el hombre. José Miguel Parra Ortiz (Madrid 1968), doctor en Historia Antigua por la Complutense y miembro del equipo que excava las tumbas de Djehuty y Hery en Dra Abu el-Naga (Luxor), acaba de publicar Momias, la derrota de la muerte en el Antiguo Egipto (Crítica), el primer libro de divulgación seria, de altura, sobre los cuerpos embalsamados en el país del Nilo escrito por un científico español.

Parra, ya conocido por sus libros sobre las pirámides -su gran pasión- y el tórrido La vida amorosa en el Antiguo Egipto, es la persona de referencia si quieres saber cómo era el embalsamamiento especial de babuinos en Saqqara, conocer la historia de la momia que sufrió un caso de violencia doméstica o la de las otras dos que fueron arrojadas por la borda por los marinos supersticiosos que las transportaban de contrabando y que les achacaban haber provocado una tormenta. La momia demediada de los hermanos Brugsch (se les partió por la mitad a los dos egiptólogos mientras la transportaban: cada uno continuó con su trozo hasta que pillaron un taxi) y el brazo del faraón Djer que acabó en la papelera son otras de las cosas asombrosas que puede explicarte Parra, con mucha amenidad y gracia.

El estudioso acaba de regresar de Egipto, de la campaña de excavaciones del Proyecto Djehuty, y dice que ha hecho un calor tremendo. Cuando uno lo recuerda hace un par de temporadas, a pie de tumba revisando durante horas tan ricamente trozos de momia de un cubo, a pleno sol y sin sombrero -"así me pongo moreno"-, se dice que desde luego este año ha debido de ser duro.

El investigador ha estado trabajando con la gran especialista Salima Ikram en las cuatro momias halladas en el patio de la tumba de Djehuty -una de mujer, dos de hombres y la otra de niño-, pero la que más le ha impresionado (y no es fácilmente impresionable) es la de un perro contemporáneo, un chucho de los alrededores, que han encontrado momificado naturalmente y que había caído en el pozo transversal de la sepultura. "Era horrible de ver, evidenciaba haber sufrido mucho, estaba retorcido sobre sí mismo como los canes de Pompeya. Salima estaba encantada: no todos los días tienes la posibilidad de comprobar los efectos momificadores del clima egipcio". Aprovechamos para hablar de las momias naturales y del origen de la momificación en Egipto. Parra explica en su libro que no fue un proceso tan progresivo y empírico como se suele creer. Recientes excavaciones en Hieracómpolis apuntan a que desde muy temprano, a mediados del periodo predinástico, hace más de 5.000 años, ya se realizaban probaturas con la momificación artificial: se derramaba resina sobre los cuerpos y se colocaban puñados de lino embebidos en ella sobre determinadas partes del cuerpo y luego se cubrían con estrechas bandas de tela y con una estera. En la I y II dinastías ya se encuentran cuerpos en ataúdes envueltos en lino, pero no hay aún evisceración, un avance que data del Reino Antiguo, a partir de la III dinastía, ni vendado por separado de los miembros del cuerpo antes de la última capa, innovación hacia finales de la VI. La reina Aat, hallada en la pirámide de Amenemhat III en Dashur, fue sometida a la entonces novedosa técnica de excerebración por la nariz, con ruptura del etmoides, otro adelanto.

El proceso de hacer momias -los egipcios las llamaban sah, momia viene del persa mumia, betún, porque las resinas de la momificación les daban una consistencia semejante- cambió mucho a lo largo del tiempo, y, claro, hay que recordar, además, que no todo el mundo podía permitirse un embalsamamiento de primera: para desecar a una persona de 80 kilos hacían falta 300 kilos de sal natrón. Una cosa que no hicieron nunca los embalsamadores egipcios es extraer los riñones para colocarlos como otras vísceras en los vasos canopos. "Piensa que los órganos se sacaban al tacto, tras hacer una incisión en el costado; los riñones simplemente están muy escondidos y no los encontraban, de hecho, los antiguos egipcios ni siquiera tenían palabra para ellos".

La conversación con Parra es de lo más ilustrativa: uno no sabía, por ejemplo, del uso ocasional de cebollas para rellenar y aromatizar el cuerpo, o que estuviera tan extendida la evisceración rectal (la presentan las seis esposas reales enterradas en el conjunto funerario de Mentuhotep II, en Deir el-Bahari). "En esas momias no hay corte en el abdomen para el vaciado, mientras que el ano y la vagina están dados de sí y sobresalen del primer orificio restos pequeños de tejido orgánico, sobre todo intestinos. Probablemente metían un disolvente. En la Baja Época se utilizaba un gancho para extraer por ahí las vísceras. Era más barato: ya tienes el agujero hecho". Ya que estamos, saco a colación el escurridizo pene de Tutankamón, cuya feliz reaparición fue anunciada por Zahi Hawass hace unos años precisamente a quien firma estas líneas (una exclusiva que no mereció un Pulitzer). "Una historia muy curiosa, sí, fue embalsamado, el pene, en posición erecta, y así fue encontrado al estudiar la momia, pero al analizarla de nuevo en 1968, pues ya no estaba. Circularon las historias más asombrosas al respecto, e incluso se sugirió que se conservaba en el Ermitage con el miembro de Rasputín. En 2005, al someter a la momia a un TAC, se encontró el pene perdido en la arena del cajón donde reposaban los restos del rey". Parra añade que fueron la "fatiga de materiales" y el "traqueteo" al mover la momia a lo largo de los años los causantes de la "emasculación regia".

De los nuevos descubrimientos en torno a las momias de Tutankamón y su familia, Parra -que en su libro propugna precisamente los análisis de ADN y casi parece premonitorio en temas como la malaria- opina que ha habido muchas "sorpresas agradables". Considera que por fin podemos reconstruir, aunque presente algunos puntos endebles, "una cronología fiable del Reino Nuevo" y que Akenatón, "cuya paternidad de Tutankamón era lógica", queda casi con total seguridad identificado. Admite, no obstante, que el hecho de que los sacerdotes al trasladar las momias en diferentes épocas solieran traspapelar las etiquetas obliga a ser muy cautelosos.

Le pregunto al egiptólogo de dónde viene nuestra fascinación por las momias. "Lo normal es que el cuerpo desaparezca tras la muerte, que tanto tiempo después, siglos, milenios, siga ahí es algo que impresiona mucho. Verte cara a cara con ellas... es un diálogo silencioso, abrumador, en el que confrontamos nuestros mayores miedos, curiosidades y esperanzas".

El propio Parra no sabe cómo llegó a interesarse por las momias. "Ni idea, el caso es que me picó la oca egipcia, como decía Mariette. Los cigarros del faraón y Astérix y Cleopatra estaban por ahí, pero no Sinuhé, el egipcio, que no he leído, para mi vergüenza". ¡Horus santo!, le recrimino, cómo se puede vivir sin Nefernefer y sus pechos de loto, ¡si Terenci Moix levantara la cabeza! "La verdad es que no disfruto con la novela histórica de las épocas que conozco bien, les veo la urdimbre, el artificio, y los fallos". Le pregunto cuál es su momia favorita. "Pues mira, la gran momia de mi vida no es egipcia, sino inca, una de las jovencitas víctimas del capacocha, el sacrificio ritual en las montañas, en el monte Llullaillaco, en el norte de Argentina: parece dormida aún, aturdida". ¿Y de las egipcias? "La de Nikolai, probablemente; la encontramos en 2008 en la tumba intermedia entre la de Djehuty y la de Heri. Los saqueadores antiguos la habían colocado de pie, mirando a la entrada, para asustar a los que vinieran después. No es un caso único, a veces los ladrones tenían un curioso sentido del humor: en la tumba 50 del Valle de los Reyes (KV 50) colocaron la momia de un perro y la de un mono enfrentadas como si fueran a pelearse".

Entre las anécdotas más impactantes de su libro, Parra cita la del día -puro The mummy returns- en que la momia de Ramsés II, a principios del siglo XX, movió el brazo izquierdo. "Un cambio de temperatura hizo probablemente que los tendones se contrajeran espontáneamente. Puedes imaginar el susto de los guardianes del Museo de El Cairo. La historia la recogen Pierre Loti y Blasco Ibáñez". Ramsés II ha impresionado a mucha gente: uno recuerda el respingo de Jordi Solé Tura, a la sazón ministro de Cultura, cuando le abrieron por sorpresa en 1993 la caja que contenía la momia del gran faraón (que por entonces no se exhibía) y se encontró con el pelirrojo garañón hijo de Seti, que si no te lo han presentado te puede parecer la bruja pirula.

Las momias han sufrido mucho con el tiempo. De la de Pepi I, Petrie sólo encontró en su pirámide en Saqqara su mano momificada, y hasta ésta se perdió. Se las ha destruido a millones y en realidad tienen mucho más que temer de nosotros que nosotros de ellas: hasta nos las hemos comido. A veces, la venganza de la momia es sutil, explica Parra. A un turista que adquirió una lo detuvieron en la aduana y lo acusaron de asesinato: le habían endosado una momia falsa hecha con el cuerpo de un ingeniero inglés fallecido pocos años antes.

Las momias de animales, recuerda Parra, eran omnipresentes en el mundo egipcio: las había de gatos, ibis, halcones, cocodrilos, monos, gacelas, toros, perros, musarañas y hasta leones y burros; incluso se conoce el caso de un elefante. En los templos, donde era costumbre ofrendar por millares momias del animal consagrado al dios que se veneraba, los fieles podían adquirirlas allí mismo, lo que era un buen negocio para los sacerdotes. Parra explica que se ha documentado la cría de esos animales en los templos. La excavaciones de la Universidad de Pisa en el templo ptolemaico de Medinet Madi han localizado ¡un criadero de cocodrilos!, destinados a convertirse en momias votivas. Y en Saqqara se han encontrado estancias similares para la cría de ibis a momificar (y vender). De la importancia del negocio da fe la existencia de muchas momias falsas, hechas, por ejemplo, con una piedra y unos huesos o con un ladrillo. Las momias de animales también han sufrido expolio: en el siglo XIX se exportó a Europa un cargamento de 180.000 momias de gatos consagrados a Bastet.

El hecho de que Parra haya escrito con relación a Egipto sobre momias y sobre sexo podría parecer contradictorio. Pero no son temas tan distantes, dice. "Al cabo, en uno de los más conocidos episodios sagrados, Osiris, muerto y momificado, hace el amor a Isis, que desciende en forma de ave sobre su pene embalsamado". Parece que eran más bien pudorosos, los antiguos egipcios. "En al arte oficial, sí, menos en el extraoficial. En el fondo no creo que los humanos seamos muy diferentes en lo que respecta al erotismo y al sexo. Ahora hay látex y pilas, entonces...". ¿Quiere decir que había consoladores en el Egipto faraónico?, vaya primicia. "En todo caso, falos de madera y piedra que se ofrendaban a Hathor, y algunos con el tamaño perfecto".

Parra escribe que estar ante una momia puede ser turbador. Pero dice que él disfruta viéndolas. "Las cojo con frialdad, no me asustan y nunca he tenido mal rollo con ninguna". A los trabajadores egipcios a veces les sorprende esa familiaridad del español en el trato con las momias. Que no le impresionen no significa que el estudioso no las valore: "Son un verdadero tesoro, cápsulas de tiempo, testigos de la civilización faraónica. El susurro de la momia, su vieja voz que nos llega de tan lejos, no es en realidad de amenaza, sino de conocimiento".

Autor:   Jacinto Antón

  Saludos cordiales
Pedro Andrés Porras Arboledas
http://www.ucm.es/info/hisdere
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